domingo, 30 de marzo de 2014

Asignaturas pendientes

Quizá éramos como una función. Que nunca funcionó. Tú eras la 'y', lo que los matemáticos llaman la variable independiente, y yo, en cambio, era la 'x'. Los matemáticos la llaman la variable dependiente, porque sin la 'y', no es nada. A la 'x' la puedes sustituir por cualquier número, por cualquier cosa, para la cual la 'y' tendrá un valor. Pero la 'y' es el valor de la función en sí misma, y la 'x' no es más que eso, la variable dependiente la llaman. Y es que al fin y al cabo fuimos como una función que nunca funcionó. O como dos rectas paralelas que intentaban ser secantes, aunque en el fondo, yo quisiera que fueran coincidentes. En el fondo y en la superficie. Simplemente, no funcionamos. No funcioné. El problema es que tú ahora sigues funcionando, y puedes sustituirme, porque al fin y al cabo, soy la 'x'. Pero yo no, no funcioné y no funciono. ¿Cómo voy a ser capaz de buscar a otra 'y'? ¿Cómo voy a ser capaz de encontrarla? ¿Cómo voy a ser capaz de sustituirte? No lo sé, la verdad. No sé cómo ni cuándo ni dónde. Ni siquiera sé si seré capaz. Porque la teoría dice que la 'y' no puede sustituirse. Así que quizás siempre serás mi 'y' aunque yo sólo fui alguna vez tu 'x', un valor cualquiera en un momento determinado. Un momento que pasó. Y un momento que no volverá a pasar. Aunque reconozco que intentaré con todas mis fuerzas buscar a otra ‘y’. Pero no te sustituirá. Será otra función. Paralela. Y dejaré nuestra función ahí por si algún día decides representarla gráficamente. O por si algún día decides cambiar el final.

O quizá éramos dos funciones. Quizá éramos dos rectas. Pero fuimos el peor tipo de rectas. Secantes. Esas son las peores. Las paralelas tienen muchísimo en común, pero nunca se encuentran. Nunca. Puedes pensar que esto es triste. ¿Pero qué me dices de las secantes? Se encuentran una vez y después se van separando poco a poco. Cada vez más, y para siempre. Toman caminos completamente opuestos. Por ello, permíteme decir que fuimos el peor tipo de rectas. Secantes.

Y ya no sé si fuimos una función o fuimos dos rectas o fuimos algo o fuimos nada. Pero no funcionamos, de eso no hay duda. Sin embargo, no funcioné porque no me dejaste funcionar y no funcionó porque no nos lo permitiste.

Pero aun así...

No funcioné.

No funcionó.

Y quizá me equivoqué comparándonos con una función o con unas rectas. Quizá las matemáticas no funcionan. Quizá fuimos lo que los biólogos llaman una simbiosis, una asociación entre dos organismos de modo que se unen para sacar provecho de la vida en común. Cada uno le da al otro algo que este último no tiene y que no puede conseguir por su cuenta. Pero quizá el problema fue que yo te di más, mucho más, y eso no lo dudo. Pero tú me diste mejor. O quizá yo lo necesitaba más, o lo valoré más, o lo aprecié más. Pero al fin y al cabo una simbiosis que no funcionó. Quizá fuimos organismos demasiado semejantes. O quizá demasiado diferentes. Y sólo al pensarte e imaginarte estableciendo otras simbiosis, me falta el aire.

Pero espero, de verdad, que te vayan bien.

Y rezo para que nunca seas el que dé más.

O quizá ni las matemáticas ni la biología. Esta vez nos veo como una reacción química. De neutralización. Sí, eso creo. Fuimos una reacción de neutralización, claramente. Una reacción exotérmica, literalmente definida como una reacción química que desprende energía en forma de calor. Y cuánto calor desprendimos. Una reacción de neutralización. Ácido más base. Yo fui el ácido, claro está. Corrosivo, acaparador, egoísta, absorbente. Tú fuiste la base, tratando de neutralizar mi ilusión en algo imposible, como decías tú. Tratando de neutralizar mis ganas de luchar sin armadura y sin escudo y sin espada y sin ejército. Pero es que no entendiste que sólo te necesitaba a ti. Y sólo contigo sabía que ganaría, aunque todo lo demás estuviera en nuestra contra. Pero tú no te viste capaz y te diste por vencido antes de empezar a luchar.

Pero ahora me doy cuenta de que quizá fue una reacción que nunca se produjo, porque, como toda reacción, necesitaba de la acción de un catalizador, de una enzima, para que tuviera lugar y para ser más rápida. Pero quizá ese catalizador falló y aunque nos quisimos dar prisa, llegamos tarde. O quizá yo fui una reacción que para tener lugar necesitaba un catalizador, y ese catalizador eras tú. Y es por eso que ahora sin ti, no soy nada. O quizá fuimos una reacción y tú eras el reactivo limitante, el reactivo que decide y determina cuánto dura la reacción química y cuánta cantidad de productos se obtienen. Cómo no, el importante. Ya no lo sé. Ya no sé si fuimos una reacción, o no fuimos nada juntos. O tú fuiste un catalizador, o el reactivo limitante, o la reacción entera. O fuimos dos elementos que trataron de ser un compuesto que no funcionó. Nuestras valencias no encajaban, no podíamos unirnos. Y sé que lo intentamos. Con enlaces simples, con enlaces dobles. Incluso con enlaces triples. O quizá tú fuiste un gas noble, esos que como tienen ocho electrones en su capa de valencia, son los más estables de toda la tabla periódica. Y por ello no necesitan a nadie. Y por ello todos buscan ser como ellos. Estar contigo me daba esa seguridad y esa fuerza y esas ganas de luchar por cualquier cosa y contra cualquier cosa. Me hacías sentir un gas noble. Pero los gases nobles no reaccionáis con otros elementos. Porque ya lo tenéis todo por vosotros mismos. Pero lo que sí sé es que yo siempre fui un catión y tú un anión. Yo positiva, aunque había perdido un electrón (y habría perdido hasta mi núcleo por ti), y dispuesta a luchar contra cualquier cosa; tú negativo y dándote por vencido antes de empezar la batalla.

Yo creí en nosotros, tú eras ateo.

O quizá fuimos física. Fuimos la ley de la gravitación universal. La ley que explica la atracción entre dos cuerpos con masa. Pero en la fórmula, constante de gravitación por masa de uno por masa del otro partido distancia al cuadrado, la distancia fue demasiado grande. Y nos dividió. Literalmente. O fuimos dos móviles que intentaron recorrer mucho espacio en poco tiempo, y, como no podía ser de otra manera, acabaron estrellándose. Movimiento rectilíneo uniformemente variado. ¿Acelerado o retardado? Dependió del momento. Yo siempre quise que fuera acelerado, pero tú me frenaste. Pero quizá ni siquiera fuimos ese tipo de movimiento. Quizá fuimos movimiento circular. Intentábamos ir a alguna parte y terminábamos siempre en el mismo sitio. O fuimos movimiento parabólico. A la deriva. Suicida. O quizá fuimos una transfusión de calor, y como toda transfusión de calor, fue del cuerpo más caliente al más frío. De mí a ti. Pero me equivoqué, y no te transmití calor hasta llegar al equilibrio térmico, como suele ocurrir en toda transfusión. Te lo di todo, absolutamente todo. Todo lo que me había costado años conseguir. Te di mi pasado, mi presente y mi futuro. Te di todo mi tiempo, porque para mí la mejor forma de aprovechar el tiempo era esperar sentada a que me contestaras, o mirar tus fotos una y otra vez, o releer nuestras conversaciones. Para mí esa era la mejor forma de emplear mi tiempo. Aunque quizá no fuera del todo productiva. Pero te lo sigo dando. Y no sé si es peor ahora, porque ni siquiera eres consciente y probablemente ni siquiera te haces a la idea de cuánto me haces falta, de cuánto te echo de menos. Y me falta el aire al pensarlo. Te lo juro. Siento dolor físico, siento un vacío inmenso lleno de ti. Y es que no tengo espacio para tanto vacío. Y es que llevan razón, lo peor de morir de amor es que no te mueres. Pero tendré que aprender a vivir sin ti. O quizá no. O quizá siempre te echaré de menos y siempre serás tú y quizá el silencio seguirá siendo mi manera de gritarte que te extraño y que te quiero y que quiero que vuelvas. Y quizá, en silencio, siempre serás tú.

O quizá no te necesito.

Pero cómo me haces falta.

O quizá lo nuestro fue cuestión de correr. De correr para llegar tarde. Fuiste como ese último sprint que te lleva a la meta, doloroso como el que más, pero glorioso también como el que más. O quizá como esas dos últimas repeticiones de una serie, esas que duelen como nada en el mundo pero esas que se hacen aun así por el placer y la satisfacción que dan una vez acabadas. Pero, a pesar de todo, estoy tranquila.

Porque si nos damos prisa, aun podemos llegar tarde.

Y quizá me equivoque otra vez. Quizá fuimos una oración que sintácticamente no funcionó. Lo que los gramáticos llaman “no tener sentido oracional”. No encajamos. No encajó. O quizá el problema no estaba en la sintaxis, quizá el problema estaba en la morfología. En el significado. Tú significabas mucho. Yo apenas nada. Tú fuiste el sujeto, el verbo, el núcleo del sintagma. Siempre lo indispensable y fundamental en la oración. Yo fui, a fin de cuentas, lo que los gramáticos llaman los “complementos”. Complemento del nombre, complemento del verbo. Siempre subordinada a ti. ¿Y a mí quién me complementó? Tú está claro que no, porque yo directamente era tú. Eso no es complementar. Por ello siempre estuve subordinada a ti. Quizá una proposición subordinada en una oración compleja. Una oración compleja que fue nuestra historia. Quizá eso fui, quizá ya ni lo sé. Pero lo que sí sé es que fuimos difíciles de analizar. Y si ni siquiera fuimos, porque ya ni lo sé, no dudo ni un minuto de que fuimos poesía de vez en cuando. Eso te lo puedo asegurar. Fuimos poesía de vez en cuando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario