No. Su respuesta siempre era no. Y cuando ella abría una puerta, él, le cerraba dos.
Justo ahora se había dado cuenta de que le había perdido sin haberle tenido siquiera. No supo en qué momento ocurrió exactamente, pero sabía que le había perdido irremediablemente. Sentía desde hacía días que aquello debía terminar, que era mejor poner fin a aquella angustiosa sensación que la perseguía a diario, a todas horas. No podía dejar que su vida girase en torno a él.
Conocerle había tenido el efecto similar a estrellar una gran ola contra una roca, bañándola por entero, calando bien hondo hasta el último rincón y eso la había hecho abrirse completamente sin saber bien el por qué y confiar como nunca antes había confiado. Todas las medidas de seguridad de su sistema se vinieron abajo cuando le conoció y él entró en ella como un virus, infectándolo todo. Y él no lo sabía, ni siquiera era consciente de que ella le había entregado la llave maestra, aquella que abría todas sus puertas ni que cada mañana su primer pensamiento estaba dedicado a él. Nunca sabría ya que ella podría dárselo todo, que aún cuando el sintiese que había alguien más importante, alguien quizás mejor o que le llenaría más, ella sería la única dispuesta a comprenderle en sus rarezas y en sacrificarlo todo. No sabía, tampoco, que nadie le querría jamás con la intensidad con que ella lo hacía.
Miró alrededor, la música estaba puesta y los demás reían y bebían en aquella improvisada fiesta de sábado noche. Sacó un papel y un bolígrafo del bolso y escribió su nombre en él, lo miró unos instantes, sosteniéndolo con mano temblorosa. La sensación volvió nuevamente, tan solo leer su nombre provocaba tantas cosas en su interior que todo le parecía irreal.Y sentía que una gran brecha estaba abierta en su pecho y que cedía cada vez más. Colocó los brazos alrededor de sus costillas y se las abrazó con fuerza para evitar partirse en dos, tratando de ahuyentar así al dolor. Debía terminar con aquello, tenía que hacerlo aunque le doliera. Sus pasos la llevaron hasta las puertas correderas del balcón y miró a través del cristal donde la luna llena le iluminó el rostro: preciosa luna llena para coronar el final. Abrió y se acercó a la barandilla donde el viento le movió el cabello rubio con fuerza y creyó que si aspiraba una bocanada de aire fresco todo pasaría pero la sensación se agudizó.Necesitaba sacárselo de dentro. Sus ojos verdes comenzaron a nublarse y cuando ya las lágrimas amenazaban con rodar por sus mejillas se descalzó y trepó a la barandilla quedando de pie en ella, estática, sintiendo como el aire jugaba con ella y la balanceaba. Se agarró a la columna y abrió los ojos, miró abajo: la ciudad brillaba y rugía ajena a lo que sucedía en la terraza del piso 21. Los demás salieron al balcón,nadie se alarmó, conocían el ritual y los que sabían su historia le dieron la mano y la miraron con ternura. Alguien le entregó un mechero a la vez que sacaba la hoja del bolsillo y la desdoblaba, la prendió en el momento en que se le escapó el primer sollozo. El papel comenzó a arder y sintió como ella misma se consumía al verlo, susurró un adiós que nadie escuchó cuando la ceniza comenzó a volar lejos, lloró amargamente por la pérdida aferrada a la columna, desprendiéndose finalmente de toda sensación al igual que se desprendía del papel.
Lloró hasta que alguien la sostuvo entre sus brazos y la acunó, allí, en el suelo del balcón.
Ella le quería, pero él nunca sabría cuanto lo hacía.
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