Ya casi es verano y aún recuerdo con dolor todas y cada una de las promesas que me hicieron antes de romperse, como tantas cosas.
Todavía extraño ese último día de playa. Echo de menos el bailar de los gorriones en una tarde de agosto.
A pesar de sentir que nada ha cambiado, es evidente que todo es diferente. Ya nadie es igual, ni siquiera yo.
Reconozco mis actos inmaduros que me llevaron a caer e incluso agradezco haber pasado todos los acontecimientos duros que me han hecho madurar. Que en definitiva me han hecho crecer.
Tengo ganas de comerme el mundo y hacer todo lo que antes no me atrevía. Una parte de mí necesita saborear cambios pero la otra, los teme.
Sin duda, lo malo ya pasó. Nunca un invierno fue tan frío y solitario. Nunca una primavera dio tan pocos frutos.
Necesito sumergirme entré las agua más ocultas del Océano y dejar de respirar. Aguantar unos segundos la necesidad de comunicarme con el exterior, pues el ruido una vez más no me deja pensar.
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